Ernesto se enteró el miércoles 30 de septiembre que en menos de dos semanas tendría un examen que marcaría casi definitivamente su carrera profesional. Un examen que aseguraría, de aprobarlo, su presente y su futuro en el mundo del Derecho. Lo tenía claro, era su oportunidad. Hasta el 12 de octubre tenía para imbuirse en su mundo, estudiar todo lo estudiable, después de varios años de dar vueltas al mismo tema, y sacar adelante su reto. Entre medio sólo una interrupción, un Argentina-Perú que marcaba, como su examen, el presente y el futuro de su selección, de su país, Argentina.
La planificación de Ernesto era clara. Acudió al supermercado, aquel mismo miércoles, se aprovisionó de cuantos productos necesitaba para una vida de 12 días. Comida, jabones, productos higiénicos, agua... Sin parar un instante acudió al Monumental, sacó su entrada para la cita de la albiceleste y se dirigió de inmediato a su casa, a su zulo por dos semanas. Comenzó Ernesto su maratón de estudio. Sin plazos, sin horarios, pero con algunas normas. Cuando tenía sueño, dormía, pero no más de cinco horas. Cuando tenía hambre, comía, pero no por más de 45 minutos, y cuando se notaba sucio, pese al frío, se lavaba, pero no por más de 15 minutos. Estas fueron sus normas. Costó el principio, pero a los pocos días cogió el ritmo y todo fue como la seda. Se concentraba con facilidad, pasaba horas y horas estudiando y empezó a perder la noción del tiempo. Sólo tenía la noción de su estudio. A menudo abría las cortinas y se encontraba sin luz. Era de noche. A menudo las abría y era el amanecer, o el anochecer; el tiempo corría. Y cada vez que se levantaba acudía a ver su entrada, su escape, su motivación antes del examen. Si Argentina ganaba, él aprobaba.
Perdió el control del paso del tiempo Ernesto y el día D, el del Argentina-Perú, sacó el reloj de su mesita para ver la hora. Había llegado el momento, saldría a la calle y saldría su pasión en el Monumental. Eran las cinco y media, y no pudo esperar más. Se enfundó la albiceleste, la bufanda, abrigo por encima, por si volvía el temporal (las calles estaban mojadas) y salió a la calle. Tomó un taxi. "Al Monumental", pidió, ante la mirada extraña del taxista. Ni un alma, desierto los alrededores. Imposible tan sólo dos horas antes.
"¿Qué viene, boludo, a la repetición?". Le dijo el taxista.
"Al partido", respondió Ernesto.
"¿Al de ayer?", de nuevo contestó el taxista.
Ernesto volvió a su casa, no estudio más. Se presentó al examen y, como Argentina, lo aprobó y logró su plaza (está por ver qué hace Diego con la selección). Al día siguiente renunció a ella.
"Gané un trabajo, perdí mi partido, y no quiero que se vuelva a repetir". Ernesto cogió su maleta y se marchó a Montevideo. Dos días antes ya estaba en un hostal cerca de El Centenario, con la ventana abierta de para en par. "Éste no me lo pierdo".

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Pues sí, con los tacos (digitales) por delante, ¿y qué? Si me tienen que expulsar, que me expulsen, pero todo antes de ser tachado de medroso, todo antes que dejar marchar a un atacante por no entrar con fuerza, que no violencia, no confundan. Yo nací hace ya más de tres añitos, aunque no me hayan dado minutos hasta ahora, porque este blog es parte de la página que me acoge, al igual que esta página mía que me acoge es parte, y todo, de este blog. Un blog que aspira, intenta y logrará, no lo duden, ser todo lo que falta entre tantas líneas de información y de comentarios absurdos y vacíos en este mundo del fútbol. En este espacio que espero, como blog, visiten antes incluso de mirar las grandes fotos que les ha dado por poner en la nueva portada a ésta mi página de siempre, los partidos no serán todos importantes, ni los rivales todos respetables, ni los jugadores todos grandes futbolistas, ni las excusas valdrán para todo. Este blog no inventa nada, es más, lo que pretende es destruir las invenciones. Para ir a por el balón ya están otros; mi objetivo, con los tacos por delante, es que no se escape ni uno de los que pretenden irse de rositas. Veremos cómo acaban los tobillos de algunos.