¿Se acuerdan de cúando utilizábamos este termino para referirnos al Sevilla? Efectivamente, en la etapa de Juande Ramos. Dicen que las comparaciones son odiosas, pero eso es una mentira como un templo. Las comparaciones son necesarias, lo que ocurre es que casi siempre sale alguien mal parado. Por ejemplo, si la temporada pasada hubiéramos comparado al Sevilla que terminó tercero y semifinalista en Copa con el de la etapa de Juande, la balanza se hubiera decantado de lado del manchego con toda claridad. Nada tenía que ver ese equipo campeón con el otro conjunto que logró grandes números, pero que renunció a su filosofía arrolladora. Sin embargo, todo ha cambiado. Un año y medio más tarde, Jiménez ha dado con la tecla. El míster se ha dado cuenta de que jugar bien no sólo hace disfrutar a la gente, sino que además es el mejor camino hacia la victoria. Este Sevilla promete, engancha, enamora y deja boquiabierto a todo el que se cruza en su camino. Es práctico, pero a la vez letal. Sabe enfundarse el traje de trabajo cuando tiene que hacerlo, pero sin renunciar nunca a la portería contraria. Es una máquina de arrollar, de atropellar al rival, pero siempre sin perder la cabeza y sin renunciar a la inteligencia en el desarrollo de su juego. Mérito de Jiménez, igual que antes era demérito suyo el haber convertido a su plantilla en un equipo que ganaba, pero de forma ramplona. Enhorabuena al míster porque, pase lo que pase, este sí que parece ser el camino para hacer algo grande. Después el fútbol pone a cada uno en su sitio, por eso éste es un deporte tan grande.

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