
| Lo que nunca me atreví a escrbir... |
| El rincon del 16 - Libro de visitas | |
| Miércoles, 02 de Enero de 2008 03:23 | |
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Por José Miguel Jiménez Doña
El satélite que debía mandar la señal ese día parecía tener el carnet del equipo de la Palmera. Boicoteaba la señal y todo apuntaba que no podría verlo esa noche. No era una noche cualquiera, esa noche, jueves de Feria, se enfrentaba a su historia, tanto a su pasado como el que se convertiría en un futuro halagüeño, mi equipo. Recorrí todos los Pubs de Guadalajara con la intención de ver aquel partido y, nada; mi ilusión me la iba a robar un canal alemán llamado ZDF. Andaba nervioso, imaginaba aquella tarde como podía ser una previa a una cita crucial en plena Feria. Soñaba con el picor del cuello de la corbata en una trastienda de alguna caseta digiriendo un rebujito que entraría con seria dificultad tras 4 días de castigo corporal. Se acercó la noche, seguí dando vueltas y no encontré ningún establecimiento que pudiera saciar mi sed de sevillismo, mi exilio andaluz, mi ausencia de primavera sevillana, de mi amor sevillista. Finalmente desistí y me metí en mi coche a escuchar el partido. Radio Marca era la única emisora que radiaba aquel encuentro. Un tal Andrés Ocaña y Fede Quintero como maestros de ceremonias. Cien años de sevillismo en mi ciudad cabían en el pequeño habitáculo de un Peugeot 206. Tanto en tan poco, como siempre hemos sentido los sevillistas. Muy de Sevilla es eso de sentir en pequeños espacios. Recuerdo que hacía calor. Los cristales húmedos se iba empañando a la vez que subía un temperatura que me hacía sudar. Un sudor que bañaba mi camiseta del Centenario, regalado por un amor que se fue, y que orgulloso paseaba por tierras alcarreñas. Al comienzo de la segunda parte decidí subir a mi casa. Era un bajo. Un bajo para algo tan grande, tan alto que se nos venía encima cual si fuera torre desplomada. Mi compañero de piso, un tipo muy majo y amiggo para toda la vida, andaba tocando los huevos criticando la narración del partido, animando a los alemanes, los fallos de mis centrales. Lo observé y claudiqué. Pensé que era normal. Uno de Zaragoza que es del Madrid no entiende la grandeza de ser de una ciudad con dos equipos en los que nadie, nadie, absolutamente nadie, se deja seducir por mamelucos de Concha Espina o mercenarios de las Ramblas. Uno, en esta tierra, es del Betis o del Sevilla; “desde que la madre los echa por el coño”, diría aquel presidente del Córdoba, metido en jaleos hoy de operaciones Malayas, hace unos años al contemplar tras la inversión de millones que hizo que sus paisanos seguían más por PPV a equipos de 400 km arriba que al de su propia tierra. Makukula había salido al campo; también lo hizo un chico, 21 años tenía el niño, del barrio mismo. Se llamaba Antonio. Uno grande y negro como el tizón, uno flaco y con barba aparchetonada. Navas por la banda, Renato, Palop antes de ser Dios, Dios antes de ser sevillista. Todos estaban y yo, maldiciendo, en Castilla la Mancha. 600 kilómetros arriba, 623 metros sobre el nivel del mar. Jueves de Feria... La prórroga comenzaba, en ningún momento observé una clara superioridad de mi equipo; eran buenos estos teutones de los cojones. En el minuto 100, diez por detrás del pitido del árbitro, un chaval de Los Palacios y Villafranca cogía un balón, Arza con 60 años menos. Por la banda derecha sacó su delgadita pierna y marcó un centro. Renato, inteligente o por no llegar, se imagina, fabrica, sueña un amago que a la postre se volvería crucial. El balón cayó en el otro extremo del campo, en la misma banda izquierda. Humo de puros, cáscaras de pipas, albero pegado en los zapatos, avellanas... todo lo estaba recreando en mi mente, una cabeza que nunca dejó de pensar que aquello podría cambiar la vida de los míos y de los que tienen varios metros de tierra en la cara. La pelota le llegó a un crío de la cantera, un niño de los de la carretera de Utrera. Atasco para Montequinto, cerrar pestillos por la Avenida de la Paz. Dicen que el niño es de bandera y bufanda.... Sevillista de genes. Nunca falla la ciencia. Su abuelo fundó la Peña Sevillista Al Relente y él se hizo de aquel equipo cuando apenas balbuceaba palabra llevándole la contraria a su padre; bético trianero. Al Relente, fría escarcha del tiempo, ese balón salió de las botas del niño. ¡Cómo le pegó! Tiene en la zurda, dicen los que le conocen, tallada la fuerza de Pedro Berruezo, malditas casualidades, y de Jiménez, y de Soler. Diamantes, una zurda de diamantes. Sube con un descaro que parece que lo hace desde siempre y desde siempre lo ha querido él y Pablo Blanco y Pepe Álfaro y tantos los que miman a diario en lo que siempre han creído y ahora parecemos creer todos. La parábola del balón dibuja un arco saliente, un arco de vida arriba, vida afuera, vida en sí misma. La imagen que la voz de Andrés Ocaña me va dibujando en la mente era de un trachazo, un pepinazo, un zumbido, de un ¡Cógelo, miarma!. Ooohhhhh, Puertaaaaaaaaaa, gooooooooooooooooooooooooollllllll. Había marcado. Ese balón estaba tocando las mallas, ¡la red, no me seas fino, miarma!, Hubiera dicho algún sevillano sevillista de veraneo en la costa gaditana que no cabría en sí de gusto y que año después abría recortado gustosamente sus vacaciones por ver a su equipo jugar una previa de Champions en el campo de sus amores. Sufrí en la lejanía como si fuera un primo mío el que se agarraba a la cal de la banda y pedía no ser cambiado por el puto y malnacido destino. Aguanté la ausencia de los kilómetros de los gritos de ¡Puerta, Puerta! Fui más sevillano desde el instante mismo en que te convertiste en más sevillista, Antonio. No diré ahora que me parecías un pelotero de cojones y un sevillista de pro. Quiero imaginar que te hubiera costado irte a Madrid junto aquellos que no entienden como se les pita en el campo donde muchos abuelos se han dejado el alma, la cartera y la garganta. Pude ver las imágenes de un fútbol costernado, de un mundo triste por tu marcha, de un deporte cariacontecido, taciturno. Lo que más llegó, te lo juro Antoñito, es ver a viejas de roetes y babilones, abuelas que dejaron marchar a un "nieto" encarnado en esa figura de porte arabesca que tu tenías. El llanto desgarrado de niños que vieron partir a su ídolo, de quinceañeras que permitieron que le arrancaran de un plumazo al que cubría sus carpetas, de padres que soportaron el no desplomarse como lo hizistes tú en Gol Sur y seguir teniendo que tragar una saliva que sabe a hiel, amarga como fue tu marcha aquel caluroso día de agosto. No seré típico ni tópico y diré que tu gol nos dió y, por ende, nos cambió la vida. Para mí ese empalme ese jueves de Feria nada tiene que ver con el zumbido que le diste a una Sevilla que anhelo, sueño e imagino en la puta distancia. Me dieron el pésame quiénes apenas saben que existo por estos lares. Y todo, Antonio, ha sido por ti, pichita. Que fuerte lo nuestro. Desde el 28 de agosto será siempre lo nuestro, nuestro pequeño secreto. Ese que guardas tú conmigo, yo contigo, tú con todos. Me cogió lo tuyo en tierras duras y frías de Castilla y León. Me había mudado a un piso nuevo y, meses después, aún veo en la mesa del salón los periódicos que compré cuando decidistes marcharte y aún, Antonio, no me lo creo. ¿Cómo se va a morir Antonio Puerta? Juro que me lo pregunto a diario desde aquel maldito día de agosto. Esas cosas, pienso, le pasan a otros equipos, a otros países, a otra gente. No alcanzo a imaginar el dolor de los tuyos. Me acerco y me duele. Me enorgullezco en imaginar que tu muerte ha unido, y sólo, sólo eso, merece mi admiración. Lo que ha unido Antonio Puerta que no lo separe el hombre... ni Del Nido, ni Lopera, ni ningún cabestro malnacido con muletas ni bengalas. Contemplo con regusto que, meses después se volverán a encontrar los dos equipo de nuestra ciudad, ahora que ibas para indiscutible en la selección... me río yo de eso. Siempre a toro pasado, ¿verdad, hijo mío? Indiscutible ahora, cuando ya el vuelo chárter salió del aeropuerto del Virgen del Rocío dirección al tercer anillo a la izquierda sin billete de regreso. Malditos seáis, malnacidos. Me pregunto, Antonio, ¿quién los recibiría? ¿quién tan sólo serles implantado vería sol de Nervión, domingo de Eduardo Dato, abrazo desmedido? ¿Quién sería el afortunado que verá el resto de su vida un jueves de Feria continuado, farolillo de vida, albero de amor? ¿Quién pedirá un balón antes que un chupete, palmas que te gustaban, flamenco en Moscú, en Grecia, en los derbys, en Eindohven, en Glasgow? Quisiera ser durante un segundo, un instante, una simple mirada, esa persona que recibió tus córneas. Cornadas de la vida, córneas de las tuyas. Esas que fueron lo único que pudo donarse. Nueve infartos machacaron un cuerpo enjuto y fuerte, delgado. Nueve infartos destrozaron todo aquello que tu madre mimó con desveló antes, durante y después de tu caída. Tu madre y no sólo ella. También tu hermana, tu padre, tu mujer, sus hijas, tus béticos, sí Antonio, tus béticos. También tu afición. Has de saber, Antonio, que tu nombre reluce en zamarras de trece barras por esta ciudad. Quien pudiera tener esas córneas un momento... Antonio, cinco meses después de lo tuyo, yo no cambio las mías; te lo digo en serio, creéme. Las mías han visto una Sevilla mundial, un mundo sevillano, Sevilla de Heliópolis, un Betis de Nervión, un gol al Shalke y un ¡te quiero y un te quiero, vamos remontando el vuelo, porque yo no me arrepiento, Antonio, y ya pase la vida, de tu amor! Sevillista seré hasta la muerte...anda que no, picha, anda que no.
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